Hay personas que sostienen al mundo con una sonrisa serena, que son el refugio donde los demás descansan. Su fuerza parece inquebrantable, su entrega incansable.
Pero dentro… una grieta crece en silencio. No es debilidad. Es olvido.
Desde mi perspectiva, esto responde a un mecanismo profundo del alma: el complejo del salvador oculto. Una imagen arquetípica que nace cuando el yo infantil ha debido ganarse el amor siendo necesario, nunca siendo simplemente uno mismo. Estas almas han hecho del cuidado, su máscara. No por hipocresía, sino porque el arquetipo les susurra: “Si no ayudas, dejarás de valer”. Así se construye una vida centrada afuera, donde la propia herida queda relegada a los márgenes del inconsciente.
Y
es ahí donde surge el verdadero peligro: ya no sabes si ayudas porque amas… o
porque temes no ser amado. El síntoma más profundo no es la fatiga. Es la
confusión entre tu deseo y el deseo de los otros. Es ese momento en el que
miras tu vida y no sabes si te pertenece.
Individuarse,
en estos casos, no es dejar de ayudar, sino aprender a incluirte en el mapa del
alma. No basta con ser faro para otros. Uno también debe aprender a volver a
casa… con la misma ternura que ofreció a los demás. Porque el amor que nunca te
das… no desaparece. Se convierte en vacío.
Que
tu camino hacia el sí-mismo sea fecundo y lúcido.
Tomado de la red
